Empiece a leer la Biblia desde el mes de ENERO.

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SAN MATEO 8-11

Capítulo 8     

Jesús sana a un leproso y calma la tempestad

Cuando Jesús descendio del monte, le seguía mucha gente. 

Enseguida se le acercó un leproso, quien postrándose ante él, le dijo: ¡Señor, si quieres, puedes limpiarme! 

Jesús extendiendo la mano, le tocó, diciendo: Quiero. ¡Sé limpio! Y al instante su lepra desapareció.   

Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece la ofrenda que mandó Moisés, para testimonio a ellos. 

Cuando Jesús entró en Capernaum, vino a él un centurión, y rogándole, 

le decía: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, y sufre terribles dolores. 

Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. 

Respondiendo el centurión dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado será sanado. 

Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo soldados bajo mi mando; y digo a éste: Ve, y él va; y al otro: Ven, y viene; y si digo a mi siervo: Haz esto, el lo hace. 
10 
Cuando Jesús oyó esto, se maravilló, y dijo a los que le seguían: Les aseguro, que ni aun en Israel he encontrado tanta fe. 
11 
Y les digo que muchos vendrán del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 
12 
pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y crujir de dientes. 
13 
Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora. 
14 
Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre. 
15 
Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. 
16 
Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 
17 
para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias. 
18 
Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado. 
19 
Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. 
20 
Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza. 
21 
Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. 
22 
Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. . 
23 
Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. 
24 
Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. 
25 
Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! 
26 
El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendio a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. 
27 
Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen? 
28 
Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino. 
29 
Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo? 
30 
Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos. 
31 
Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos. 
32 
El les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas. 
33 
Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados. 
34 
Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.  

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Capítulo 9     
Jesús sana a un paralítico

Cuando Jesús entró en la barca, pasó a la otra orilla llegando a su ciudad. 

Enseguida le trajeron un paralítico, tendido sobre una camilla; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados. 

Entonces algunos de los escribas dijeron entre sí: Este blasfema. 

Y conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: ¿Por qué piensan mal en sus corazones? 

Porque, ¿qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? 

Pero para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados (dijo entonces al paralítico): Levántate, toma tu camilla, y vete a tu casa. 

Entonces se levantó y se fue a su casa. 

Cuando la gente vio esto, se maravillaron y glorificaron a Dios, porque había dado tal autoridad a los hombres. 

Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y él se levantó y le siguió. 
10 
Y sucedió que estando Jesús sentado a la mesa en la casa, muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con él y sus discípulos. 
11 
Cuando los fariseos vieron esto, dijeron a los discípulos: ¿Porqué come su Maestro con los publicanos y pecadores? 
12 
Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. 
13 
Vayan y aprendan lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido para llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. 
14 
Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan? 
15 
Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. 
16 
Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura. 
17 
Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.  
18 
Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. 
19 
Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos. 
20 
Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; 
21 
porque decía entre sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. 
22 
Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora. 
23 
Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto, 
24 
les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. 
25 
Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró, y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó. 
26 
Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra. 
27 
Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! 
28 
Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. 
29 
Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. 
30 
Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa. 
31 
Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra. 
32 
Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. 
33 
Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel. 
34 
Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios. 
35 
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 
36 
Y cuando vio las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. 
37 
Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros son pocos. 
38 
Rueguen, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros para la cosecha. 

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Capítulo 10     
Jesús comisiona a los doce apóstoles

Entonces llamó a sus doce discípulos, y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. 

Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; también Jacobo hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; 

Felipe, Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo y Lebeo, llamado Tadeo; 

Simón el cananista, y Judas Iscariote, quien le entregó. 

A estos doce envió Jesús, dándoles las siguientes instrucciones: No vayan por camino de gentiles, ni entren en la ciudad de los samaritanos, 

sino, más bien, vayan a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 

Y al ir caminando, proclamen, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 

Sanen a los enfermos, limpien leprosos, resuciten a los muertos, echen fuera demonios; de gracia recibieron, den de gracia. 

No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; 
10 
ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. 
11 
Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis.   
12 
Y al entrar en la casa, saludadla. 
13 
Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. 
14 
Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. 
15 
De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad. 
16 
He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos: sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. 
17 
Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; 
18 
y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles. 
19 
Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. 
20 
Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. 
21 
El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir. 
22 
Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. 
23 
Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre. 
24 
El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. 
25 
Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa? 
26 
Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse. 
27 
Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas. 
28 
Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas al alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. 
29 
¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. 
30 
Pues aun vuestros cabellos están todos contados. 
31 
Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos. 
32 
A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. 
33 
Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. 
34 
No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. 
35 
Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; 
36 
y los enemigos del hombre serán los de su casa. 
37 
El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; 
38 
y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. 
39 
El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. 
40 
El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. 
41 
El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. 
42 
Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa. 

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Capítulo 11     
Los mensajeros de Juan el Bautista

Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos. 

Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, 

para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? 

Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. 

Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; 

y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí. 

Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 

¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. 

Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 
10 
Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti. 
11 
De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él. 
12 
Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. 
13 
Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. 
14 
Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. 
15 
El que tiene oídos para oír, oiga. 
16 
Mas ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros, 
17 
diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis. 
18 
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. 
19 
Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos. 
20 
Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: 
21 
¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. 
22 
Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. 
23 
Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. 
24 
Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.  
25 
En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. 
26 
Sí, Padre, porque así agradó. 
27 
Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. 
28 
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. 
29 
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; 
30 
porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga. 

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Padre y Dios mío, vengo a ti, no puedo más, estoy tan cansado/a, me siento mal, tengo mil problemas, te necesito, ayúdame por favor, creo en tí, aunque no te vea o no te sienta, perdóname por mis pecados, me arrepiento por estar lejos de ti, te pido que me perdones, a través de tu Hijo Jesucristo, lo recibo a él en mi corazón, entra Jesús en mi, tu eres mi salvador, hazme una nueva persona, lléname de tu Espíritu Santo, de tu Palabra, de tu bendición, cámbiame, mejora mi vida, mi familia, mi economía, por favor te lo pido, ten piedad de mi oh Dios, yo te doy gracias, te alabo y te bendigo, y te daré toda la gloria, la honra y la alabanza. Amén.